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martes, 12 de julio de 2011

LA LLAMA DE LA VIDA

LA LLAMA DE LA  VIDA




El día amanecía radiante, como su ánimo. Corría detrás de su madre, curioso y vivaz. Observaba todos sus movimientos, intentando imitarlos. Pero su torpeza le hacía tropezar una y otra vez. Sus patas, finas y huesudas, alzaban su cuerpo respingón con gracia y desparpajo. Su madre observaba atenta, pero intentaba mostrarse despreocupada para que él  no se sintiese tutelado en cada uno de sus pasos. Sólo tenía un mes de edad y la vida le iba a dar un de las lecciones más importantes de su existencia. La alfombra verde era un perfecto campo de juego para un cervatillo, que debe desarrollarse para desenvolverse en este mundo difícil. Los árboles competían con la altura de las patitas de nuestro amigo, pero aventajando sobradamente a éste. Los troncos y piedras obstaculizaban el libre caminar del cervatillo, desarrollando su motricidad.  Sus movimientos eran graciosos  y toscos, su curiosidad insaciable. Su falta de soltura se veía complementada con la confianza que le aportaba caminar y correr junto a su madre.

Una mariposa cruzo frente a su pequeña nariz, y detuvo su vuelo justo en ese trocito de carbón brillante que tenía bajos sus grades ojos redondeados. Sus pupilas se tornaron cómicas al juntarse en su parte interior para mirar a la preciosa seda voladora de colores. No desentonaba con el radiante día, enseñando al sol sus amarillos en una especie de llamativo reto de brillo. El ciervo, curioso, no movía un solo músculo por no asustar al pequeño insecto y tener la oportunidad de analizar la mezcla dispar de colores que salpicaban sus alas. De pronto, la mariposa emprendió su vuelo con celeridad, y el pequeño ciervo, sin pensarlo dos veces corrió, torpe pero veloz. Esto era injusto, no pudo observar todo lo que quería de la singular y colorida criatura. La mariposa se sumergió  en la frondosidad del bosque. La claridad se torno oscuridad…….

El joven ciervo, se giro desorientado y una sensación de calor atravesó su corazón con un dolor punzante que jamás había experimentado. Un ritmo de tambores acelerados corría bajo su pecho incontroladamente. No podía ver a su madre. Era la primera vez que  se separaba de  ella desde que había llegado al mundo y la curiosidad se tornó en miedo, la luz en oscuridad, y los colores vivos en grises y negros opacos. La mariposa ya no tenía ninguna importancia. Su instinto ignoraba todo lo que le rodeaba, con la imperiosa necesidad de resguardarse bajo la sabiduría y amor de su madre. Pero no la encontraba. Corrió alocadamente de un lado para otro, se caía constantemente liando su patas cual cordones de una bota. Se magullaba todo el cuerpo sin percibir ningún tipo de dolor, bueno, sólo uno, pero enorme, algo que jamás había sentido, era el de antes que se hacía cada vez más presente. No lo veía, no tenía heridas que pudieran provocar ese dolor. No podía pensar con claridad y tenía muchas ganas de llorar, estuvo corriendo durante dos horas, hasta que cayó rendido en la alfombra verde. El dolor se torno en miedo. Miedo atroz a todo lo que le rodeaba. Los árboles ahora eran barrotes de una jaula natural, construida para encerrarle con la condena de cadena perpetua. El cálido césped se tornó en frío y húmedo suelo. La luz del sol se dejó de ver, tapada por la frondosidad de la celda. Todo eran formas extrañas y desconocidas para él.  El miedo y el cansancio aterían todos sus músculos paralizados por el advenimiento de la noche que, irremediablemente pedía paso al día para ocupar su puesto de trabajo en la vida real. Ruidos desconocidos inundaron sus pequeñas orejas. No quería oírlos, no quería investigar, solo quería volver con su madre. El frío era cada vez más perceptible.  Las pulsaciones de su corazón bajaron desmesuradamente. La humedad atravesaba su cuerpecito de lado a lado, clavándose en su alma. Tristeza absoluta en su interior y desesperación asumida. Sólo con un mes de vida sentía como se apagaba poco a poco. No quería dejar de existir todavía. No era justo, que casi sin saber moverse y sin conocer el mundo que le rodeaba  fuera a dejar de tener presencia en este mundo. Se despedía de la vida en una escena tétrica, solo, sin saber todo lo que su vida le podía haber ofrecido. Sus pequeñas patas apenas podían ya moverse, acorchadas por el terrible frío que la noche acababa de traer. Lo peor era la terrible pena que sentía en su pecho, pensando en su madre. Veía en su mente la desesperación personificada en el su rostro, buscando por todos los sitios que se le ocurrían, de manera alborotada y sin ver al pequeño ciervo que había alumbrado sólo hacía un mes.  
Se despedía, de su vida con tristeza pero con resignación. Cerró sus parpados, llevado por la somnolencia que el frío le proporcionaba, sumiendo al cervatillo en un letargo mortal. De pronto, pudo percibir a través de sus parpados algo que desprendía una viva luz. Abrió las persianas aterciopeladas lentamente y observo a lo lejos una llama que no prendía sobre maleza alguna. Estaba a unos centímetros del suelo. Tenía un calido color anaranjado, entremezclado con azules oxigenados. Era una mezcla de cielo del amanecer con playa de media mañana. Una llamarada de familiaridad llenó su cuerpecito inundando de calidez su corazón. Se levantó a duras penas y se acerco a la preciosa llama. A medida que se acercaba la llama se avivaba desprendiendo más y más calor. Se acerco tanto como pudo, comprobando que a pesar de tener el hocico pegado, la llama no quemaba. De pronto, la llama se dirigió a él:

         Hola pequeño ciervo, soy la llama de la vida y el amor.- dijo la llama claramente, con voz segura y decidida. No era voz de mujer, ni de hombre. Era la voz de la vida que no entiende de sexos ni matices fuera del simple hecho de la vida.
         El pequeño ciervo no salía de su asombro. No tenía miedo, no podía tenerlo, ya que la familiaridad con la llama era total. Era como si hubiera nacido a su lado. Un amor fuerte surgió de su corazón explotando en alegría contenida. Pero no era el mismo amor que sentía hacia su madre. Éste se tornaba diferente pero intenso. Ya no estaba cansado, ni tenía frío. Volvía a ser curioso y despierto.

         - ¿Que quieres de mi llamita?- dijo el ciervo animadamente-

         - ¿Qué esperas tú de mi?, pequeño ciervo. Esa es la pregunta, que esperas encontrar de mí en el resto de tu existencia. ¿Vas a saber amarme?, ¿vas a poder cuidarme, y disfrutar de mi?. ¿Sabrás aprovechar todo lo que tengo para ofrecerte? ¿Eres capaz de mantenerme viva o me dejarás apagar?

         - No!!!!!, yo no quiero que te apagues.- respondió apresuradamente el cervatillo-, no tengo experiencia, y no sé como lo haré, pero lucharé con todas mis fuerzas para que no te apagues nunca y estés a mi lado.

         -Mucha gente dice esa frase, pequeño amigo.-respondió la llama- y al final acaban por ceder al esfuerzo de mantenerme viva. Al principio todo es maravilloso y se aprovechan de mi calor, pero con el tiempo se acostumbran a mi presencia y dejan de cuidarme y mantenerme encendida. Hasta que llega el día que me apago y todo llega a su fin.

-         Yo no soy así, estaré siempre a tu lado.- sentenció el joven ciervo con seguridad.

Pero a media que hablaba con la llama, ésta se iba apagando cada vez un poco más. El pequeño cervatillo, se dio cuenta y enseguida hecho a correr. Busco apresuradamente en la oscuridad, hasta que encontró unos delgados troncos. Los  cogió con su menuda boca y los depositó bajo la llama. A los pocos segundos comenzó a ser más viva. La llama se sintió muy agradecida. Comenzó a entablar una conversación animada con su nuevo y joven amigo. El ciervo se sentía muy bien a su lado. Su corazón estaba abrigado y la noche tenía calor. Todas las palabras de la llama, eran una lección magistral para el cervatillo. Cada cierto tiempo, cuando la llama de la vida se apagaba un poco el ciervo corría apresuradamente a por más ramas y hojarasca con la que reavivar a la llama. Pasaba el tiempo rápidamente y el cervatillo irradiaba amor y agradecimiento hacia el ente candente que le acompañaba. Pero todo el optimismo fue tornándose poco a poco en cansancio. Cada vez era más pesado encontrar algo con lo que alimentar la llama. El pequeño ciervo agotó todas las ramas secas que había a su alrededor, y cada vez tenía que correr más deprisa y lejos para conseguir algo con lo que avivar a su amiga. Sus músculos entumecidos y cansados le pedían a gritos que dejara de exigir rapidez y esfuerzo. Llevaba muchas horas sin comer y las fuerzas comenzaban a fallar. Pero estaba tan contento por dentro, que ignoraba los mensajes físicos de su cuerpecito. Poco a poco iba más lento y torpe. La llama cada vez se lo agradecía más y el cariño que irradiaba era más y más generoso. Sus palabras eran un tesoro cada vez más preciado, pero difícil de obtener. Era pleno por dentro, no se sentía falto de nada más. Se olvidó que estaba perdido, y que no estaba rodeado de su familia y seres queridos. No sentía el frío de antes, ni el miedo, ni la inseguridad. Comenzaba a sentirse pleno y realizado, y ese desasosiego que fluía horas antes de su interior. Era la noche más rica de su corta existencia en este mundo. La llama a su vez valoraba más y más el coraje y fuerza que le mostraba el joven ciervo. Sentía la pureza de corazón limpio de egoísmo y maldad.

         Cuando sólo faltaban una o dos horas, para el amanecer, el cervatillo volvió a observar que la llama se apagaba. Fue a levantarse para intentar localizar algo más con lo que reanimar a su amiga. Pero en esta ocasión sus músculos no le respondieron. Era imposible. Intento por todos los medios erguirse sobre sus menudas patas. Pero éstas no le respondían y caía estrepitosamente junto a la llama desvanecida.

-         Mi cuerpo no quiere que me levante llamita- dijo el cervatillo con un hilo de voz en su garganta-. No quiero que te apagues, no quiero que dejes de existir, no te quiero fallar. Quiero que el poco calor que mi cuerpo irradia te caliente. Por favor, no hables más no gastes energías para que puedas existir más tiempo. Siento haberte fallado como lo hacen todos los demás. Pero te estaré agradecido hasta mi último aliento. Ya no tengo miedo a nada. Me has enseñado muchas cosas esta noche y me siento pleno en mi interior.

         Mientras hablaba, sus párpados se iban cerrando contra su voluntad. Hasta que poco a poco, perdió la conciencia y se durmió…..

         La mañana amaneció radiante, como el día anterior. Una sinfonía de pájaros acompasaban el desglose de colores campestres, traídos  por la madre naturaleza. Los animalitos cargados de energías jugueteaban  animadamente. La humedad dejada por el rocío de la mañana daba una frescura, equilibrada por los primeros rayos del astro rey, que parecía sonreír desde su privilegiada posición. Era un buen escenario para brillar con su mejor cara. Era una mañana perfecta.
         El pequeño cervatillo, estaba acurrucado junto a un gran árbol. Los primeros rayos de la mañana besaron delicadamente su cara, con un calido contacto. Sus grandes ojos se entreabrieron un poco. Desorientado, intento ubicarse rápidamente. Su mente intentaba comprender todo lo que le rodeaba. De pronto, todo cobro sentido, y una tormenta de pensamientos acudieron a su cabeza recordando todo lo que había vivido en las últimas horas.

-         ¡¡¡¡Llamita!!!!! ¿Dónde estás?,- grito el cervatillo en aquel idílico paisaje. Su voz era nerviosa. Pero viva. Sus patitas consiguieron recobrar un poco de energía gracias a las pocas horas de sueño que habían tenido, consiguiendo levantar el pequeño cuerpo, y obedeciendo, esta vez sí, a las órdenes que le daban la mente del pequeño ciervo.

La llama no estaba. Sólo se podía percibir el rastro de ceniza dejado de toda la noche. Un acceso de pena se apoderó del cervatillo. Se sentía muy mal. Pensó que en la primera prueba que la vida le había puesto, había fallado. Se dejó caer en la hierba y comenzó a llorar. Había hecho todo lo posible, pero no había conseguido que la llama de la vida y el amor se mantuviera viva. Y ahora su corazón no tenía amor ni jamás lo volvería a tener. No tenía ganas de hacer nada, sólo quería permanecer tumbado y llorar. Era una tremenda paradoja ver en un paisaje tan bonito y alegre un pequeño ciervo llorar.

-         Deja de llorar pequeño amigo- . dijo una voz detrás de él.- este paisaje y la madre naturaleza están de acuerdo, y no debes llorar.

El cervatillo se giro rápidamente, la voz era familiar. Sin embargo el tono era diferente. Este era claramente el de una joven. Aunque la seguridad, que denotaba era la misma que le había estado hablando toda la noche desde la forma de la llama.

-         Yo te conozco, tú voz me resulta  muy familiar-. Dijo el cervatillo pausadamente, con la voz entrecortada por el disgusto que tenía.

Sentía la misma sensación de calor interno y seguridad que en la noche anterior. Pero la apariencia era diferente. Era una joven cervatilla, eso sí, algo mayor de lo que él mismo era. Era preciosa. Sus movimientos estaban orquestados con un ritmo equilibrado. Su rostro era una muestra de la perfección soñada. Mostraba una sonrisa tenue sin llegar a reír. Y sus ojos brillaban como la llama lo había hecho durante toda la noche.

-         Soy la llama de la vida y el amor, conseguiste alimentarme durante toda la noche y ahora yo te lo voy a agradecer. Te acompañaré toda la vida. Siempre estaremos juntos, ya que me has demostrado tener un corazón cargador de amor sincero y desinteresado. – apuntó la joven cierva, animadamente, pero con seguridad.

-         Pero si dejé que te apagaras. Cuando ya casi no te quedaba fuerza yo me dormí. No pude conseguir más ramas para ti. Fallé y no pude alimentarte.- dijo el cervatillo contrariado-

-         Te equivocas, no me alimentaron las ramas que me proporcionaste durante toda la noche, lo que me hacía brillar era el amor y generosidad de tu corazón. Tu amor es desinteresado y calido. Tu corazón es grande e irradia más calor que el propio fuego. Entendiste lo que es querer, y cuidar algo que te importa. Las ramas son algo material de lo que se puede prescindir. Lo difícil es encontrar algo etéreo e intangible que alimente más que las cosas banales que nos dan un bienestar puntual y pasajero. Tú pasaste la prueba y demostraste tener un corazón maduro a pesar de tu corta edad.

Los jóvenes ciervos pasaron juntos el resto de su vida, disfrutando el uno del otro cada día que vivían. Descubriéndose cada vez un poco más, amándose incondicionalmente sin pedirse nada a cambio. Dándose calor el uno al otro a pesar del frío más cruel que en ocasiones da la vida. Siendo felices.

Moraleja, nunca dejéis que la llama de la vida y el amor se apague. El amor hay que alimentarlo diariamente, y su alimento no es material y no entiende de dinero ni riquezas. La vida y el amor van de la mano y consiguen su plenitud con las cosas que no se ven, pero que proporcionan la mejor de las sensaciones, la felicidad.

1 comentario:

  1. Impresionante fábula que envuelve los sentimientos....tristeza, desesperación, miedo, alegría, amistad y amor. Enhorabuena Alejandro por tu post!!!.

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